Un privilegiado “prisionero de guerra”

repre9por Diego Cazorla Artieda (sobrino del desaparecido correntino Rómulo Gregorio Artieda)

El 21 de abril de 2006 es publicada una carta en el diario El Litoral de Corrientes, de autoría de Juan Carlos De Marchi, el principal acusado de la causa que investiga la desaparición forzada de personas en el Ex -Regimiento de Infantería 9 de esa ciudad, dirigida al Contador Custidiano una especie de  columnista de dicho medio, que si bien utiliza la sección en la que opinan los lectores, sus notas son publicadas todos los domingos.

En la misiva con pedido de publicación del propio Custidiano, De Marchi (recordado por sus víctimas con el apelativo de “el electricista” por su destreza con la picana) se autodefine como “prisionero de guerra”.

Cuando leí la carta me acordé de aquel japonés, el Sub-Teniente Hiroo Onoda, que pasó treinta años creyendo que la Segunda Guerra Mundial continuaba y me pregunté: actualmente ¿contra quién combate De Marchi? ¿contra las Instituciones de la Justicia ?¿ acaso está evaluando huir, tal cual le permite la Convención de Ginebra a los prisioneros de guerra? ¿pensará contraatacar luego?.

De Marchi fue Presidente de la Sociedad Rural de Corrientes y funcionario de la Sociedad Rural Argentina hasta el momento de su detención, estaba inserto en la sociedad correntina, merced a las leyes de impunidad felizmente anuladas. ¿ Cuanto De Marchis estarán insertos aún en nuestra sociedad, inconcientes de que la Dictadura Militar terminó hace más de dos décadas y con la misma caracterización de “los enemigos” que derivó en el genocidio?

A Hiroo Onoda le avisaron treinta años después, que la guerra había terminado. ¿No es tiempo que le avisen a De Marchi que este Estado ya no considera sus enemigos a sus propios ciudadanos?

Nuestros desaparecidos eran sometidos a vejámenes que no lo asimilaban siquiera a los prisioneros de guerra (protegidos por la Convención de Ginebra y con ciertos derechos básicos).

Alguien debería decirle a éste señor que el tener condiciones lujosas de detención, prestigiosos abogados penalistas e Instituciones Judiciales democráticas para ejercer su defensa, es mucho más de lo que tuvieron sus víctimas, y que al calificarse como “prisionero de guerra” debería al menos, sonrojarse.