
“La dictadura está viva en quien pregona olvidar el pasado
para mirar el futuro”
(Por Mario Caparra) “No puede haber perdón sin
arrepentimiento y sin autocrítica” recalcó la docente y ensayista Martha Bardaro.
En una larga e intensa entrevista con Momarandu.com, Bardaro, referente de la
militancia cultural, se refirió al estado como una maquinaria esencialmente
violenta, defendió la docencia como herramienta crítica y explicó en qué medida
la filosofía puede servir al hombre común frente a sus miserias cotidianas.
“La mentalidad de la dictadura sigue vigente en diferentes
grados y en diversos grupos que se corresponden con esos grados. El grupo
decididamente pro-militar de la Sra. Pando no hizo ninguna autocrítica de los
horrores del proceso; Blumberg piensa que con mano dura se resuelve la
inseguridad; políticos, religiosos y ciudadanos pregonan que hay que olvidar el
pasado y mirar el futuro reconciliados, pero para que haya reconciliación tiene
que haber (en este orden) arrepentimiento de los genocidas y perdón por parte de
las víctimas. No puede haber perdón sin arrepentimiento y sin autocrítica.”
Así se refiere la inagotable docente y pensadora Martha Bardaro, cuando se le
sugiere que la dictadura es “historia pasada.” Es que a su entender la memoria
juega un papel importantísimo.
“Yo soy lo que soy porque soy el resultado de mi historia y de la influencia de
las circunstancias. Lo mismo pasa a nivel país. Si un país pierde la memoria,
pierde su historia, pierde el recuerdo del camino que lo ha llevado a ser lo que
hoy es.
Bardaro considera también que, en ocasiones, tenemos que “des-aprender lo que
nos metieron en la cabeza” para ser nosotros mismos.
“Los países llamados de tercer mundo (el mundo dominado por intereses
extranjeros) debemos negar, des-aprender de raíz lo que han hecho de nosotros,
para empezar a construir nuestra propia identidad y no la que quisieron darnos”
señala Bardaro y recuerda la sentencia de Sartre, en el prólogo a Los condenados
de la tierra: “No nos convertimos en lo que somos sino mediante la negación
íntima y radical de lo que han hecho de nosotros.”
¿A esta sociedad aparentemente armónica le subyace un estado esencialmente
violento?
“Creo que es evidente que subyace un estado esencialmente violento. ¿Cómo no va
a haber violencia si hay gente que vive en la pobreza, o peor aún en la
indigencia, cuando tenemos un altísimo porcentaje de desocupados, cuando no sólo
los aborígenes sino también los criollos marginados se mueren por desnutrición,
cuando chicos y adolescentes se duermen en la escuela porque no tienen energía a
causa de no haber ingerido (y eso con suerte) un mate cocido lavado, cuando
vamos a tener una generación de jóvenes con un coeficiente intelectual inferior
al normal a causa de la desnutrición que afecta al cerebro, cuando los muchachos
de los barrios periféricos no vislumbran ningún futuro para ellos y sus familias
y el único camino que les queda es el del delito, cuando la corrupción infectó a
las fuerzas de seguridad –que deberían protegernos- a los gobernantes, a los
legisladores, a los jueces que se dejan comprar y vender, a los que debiendo
pensar y actuar por sí mismos agachan la cabeza y mentalmente dicen: Sí, mi Amo,
aunque las órdenes sean arbitrarias?”
Pero aunque el disfraz armónico de la democracia oculte un estado esencialmente
violento, Bardaro no cree que la paz se sostenga a partir de la amenaza.
“Blumberg o Macri piensan que, como vivimos en una paz tan débil, tenemos que
aplicar mano dura, aumentar castigos, rebajar la edad de los imputados. Pero no
dicen que la tolerancia cero se aplica sólo a los ladrones de gallinas, no a los
de saco y corbata, que son los culpables de que haya ladrones de gallinas. Para
combatir el delito y la inseguridad hay que suprimir sus causas: falta de
fuentes de trabajo, de alicientes para docentes, de castigo a la corrupción, de
independencia en la justicia.
En esta clase de procesos, Bardaro reivindica el rol del intelectual como
militante cultural y coincide con J. P. Feinmann, que en su libro ¿Qué es la
filosofía? se responde “es la aventura de la lucidez, es la aventura del
atrevimiento a ser lúcido, lo cual, con mucha frecuencia es muy doloroso.”
Bardaro piensa con Feinmann que “la filosofía no pretende ser tranquilizadora”
porque no viene a quitarnos inquietudes sino a crearlas a través de su obstinado
preguntar y resalta “el poder de la pregunta y el coraje de practicarla frente a
los poderosos, el atrevimiento de ser lúcido cuando todos agachan la cabeza y
dejan que otros piensen por ellos.”
Ése es el rol del intelectual, enfrentar a los poderosos y no sólo a los
gobernantes, ya que “en todas las relaciones humanas se juega el poder.” En este
sentido, Bardaro condena severamente a los intelectuales argentinos “que
callaron ante injusticias, genocidios y culturicidios.”
En uno de sus ensayos Bardaro esboza la idea de que el oprimido llega, en este
escenario político, a sentirse cómodo en su propia esclavitud. Esto se debe, en
principio, a que no toma conciencia de la esclavitud. Siguiendo a Freire,
Bardaro sostiene que el oprimido no visualiza su opresor, vive un estado de
resignación, fomentado en muchos casos por la Iglesia, que pregona: “esto es lo
querido por Dios.”
Pero “Dios no quiere esclavos sino seres libres, pensantes” afirma Bardaro y
apunta con su esperanza a docentes y artistas “que se dediquen a enseñar a
pensar críticamente, en lugar de exigir repeticiones memorísticas.”
Bardaro entiende la cultura como “un abanico de posibilidades para resistir la
colonización cultural, denunciar atropellos a la dignidad, defender los derechos
de niños, adolescentes, jóvenes, viejos, no sólo los derechos humanos, sino
también los derechos de la naturaleza y el planeta, el derecho a la vida en
todas sus formas.”
En este marco, Bardaro siempre defiende los aportes que su disciplina, la
filosofía, tiene mucho que aportar al debate político y puede ser un arma de las
minorías. ¿Tiene la filosofía algo que decirle al aborigen, las ama de casa, el
vendedor de diarios?
“Enfáticamente SÍ. Siempre que entablemos con ellos un diálogo y antes de abrir
la boca sepamos escucharlos, y no nos consideremos la vanguardia iluminada que
los va a salvar de su ignorancia. El aborigen tiene una sabiduría ancestral que
nos vendría muy bien aprender a respetar” apunta Bardaro.
Además su piedra basal es que todo ser humano en algún momento de su vida hace
filosofía, porque se plantea los grandes interrogantes de la disciplina, por eso
su trabajo se llama siempre “Filosofía de lo cotidiano”.
En este sentido, la docente se dedica laboriosa y prolijamente a eludir la
terminología técnica, a traducirla al lenguaje de todos los días, tratando
siempre “que los conceptos no pierdan pertinencia y profundidad.”
Fuente: Momarandú.com