Las Bienaventuranzas
Por: Monseñor Romero. Fragmento extraído de su homilía del domingo 29 de enero
de 1978.
La
bella página que hoy domina en la liturgia de la palabra, debía de ser objeto de
reflexión durante toda la semana. ¡DICHOSOS LOS POBRES DE ESPÍRITU, PORQUE DE
ELLOS ES EL REINO DE LOS CIELOS! San Mateo añade: DE ESPÍRITU, en el espíritu,
pero en su origen esta frase simplemente dice: DICHOSOS LOS POBRES. San Lucas no
agrega en el ESPÍRITU. Y cuando el profeta Isaías anuncia que Cristo predicará
el Evangelio, dice simplemente A LOS POBRES. Y cuando se escribía el Evangelio
de Mateo en aquel mundo, judío o grecorromano, abundaba como hoy, la clase
pobre.
No tengamos miedo, pues, de decir que esta Bienaventuranza se refiere a los
pobres, pero no a cualquier pobre como nos dice el Papa, que hay pobres con
espíritu de avaricia, sino al pobre que hace de su pobreza toda una ética. El
pobre es aquel que no tiene suficiencia en sí mismo y hasta corre el peligro de
hacerse servil, porque hay un sentimiento psicológico de incapacidad, de
inseguridad. Esta inseguridad psicológica del pobre es la que Cristo quiere
aprovechar para abrirlo a la esperanza del que todo lo tiene, para el que nada
es imposible: DIOS.
Dichosos, pues, los que aprovechan su pobreza para abrirse a la esperanza. Es
una página que nos abre a la esperanza, en medio de las tribulaciones. No para
predicar el conformismo, ¡JAMÁS LA IGLESIA ES CONFORMISTA!, sino para decirle al
hombre que lucha en esta tierra, que no lo haga como nos acaba de decir Pablo VI,
poniendo como finalidad de su trabajo el tener, la avaricia. Eso es
despersonificar al hombre, eso es llevar al hombre al subdesarrollo moral; sino
que trabaje, que luche por tener comodidad para él y su familia, pero que su
corazón esté abierto a la esperanza y su amor al servicio de los demás.
¡DICHOSOS LOS SUFRIDOS!, dice Cristo, porque ellos heredarán la tierra. Casi se
oye aquí en las palabras de Cristo el eco de Dios prometiéndole a Abraham una
tierra, la tierra de la esperanza, el cielo nuevo, la tierra nueva; el de la
justicia, el del amor que los cristianos esperamos, no en este mundo, aunque si
se debe de reflejar en este mundo, pero cuya realidad está más allá de la
historia y será nuestro destino.
¡DICHOSOS LQS QUE LLORAN! Lloran porque no tienen las alegrías mundanas que
otros tienen; lloran también porque ven los pecados del pueblo y piden perdón a
Dios. Dichosos los que lloran con estos sentimientos nobles porque ellos
recibirán el más grande de los consuelos: El ver que Dios perdona a su pueblo,
el ver que hay alegrías que no pertenecen a esta tierra.
¡DICHOSOS LOS QUE TIENEN HAMBRE Y SED DE LA JUSTICIA! Justicia en sentido
bíblico es la buena relación entre el hombre y Dios. Es también la victoria de
Dios sobre la maldad del hombre. Esto es lo que ansía un verdadero justo,
mantener sus relaciones con Dios sin que las perturbe el pecado de la tierra;
afligirse, porque hay tanta gente que no tiene buenas relaciones con Dios,
porque han hecho su Dios en otra cosa que no es el Dios verdadero. Y la justicia
por la cual Dios triunfará sobre la maldad de los hombres. ¡Dichosos los que la
anhelan!, porque ellos quedarán saciados, verán cómo se cumple esta alegría, se
llena esta hambre.
¡DICHOSOS LOS MISERICORDIOSOS, PORQUE ELLOS ALCANZARÁN MISERICORDIA! Es uno de
los anhelos bíblicos más profundos. El hombre no está hecho para la venganza,
para el odio, para la violencia, sino para la reconciliación, para el amor, para
el perdón. Y en la medida en que nosotros perdonamos, así le decimos a Dios:
Perdónanos, como nosotros perdonamos. ¡Dichosos los corazones misericordiosos!,
los generosos, los que son instrumentos de paz, los que van sembrando concordia
donde hay discordia.
¡DICHOSOS LOS LIMPIOS DE CORAZÓN! Se refiere aquí el Evangelio a aquella
sinceridad que hizo conflicto entre Cristo y los fariseos. Los fariseos
solamente tenían una limpieza exterior, ritual, legalista. La hacían consistir
la limpieza en lavarse las manos, en hacer ciertas purificaciones exteriores. Y
Cristo les decía: ¡HIPÓCRITAS! ¿De qué sirve lavar el plato por fuera si por
dentro está sucio? ¿De qué sirve tener la tumba bien pintada por fuera, si por
dentro está llena de podredumbre? Limpio de corazón es aquel que con sinceridad
se limpia en su corazón, porque no es lo que entra al estómago lo que mancha al
hombre comiendo con las manos sucias, sino lo que sale del corazón: los
pensamientos, los malos deseos, las avaricias. Esto es lo que mancha el corazón
del hombre. Es un llamado, pues, a la sinceridad.
¡DICHOSOS LOS QUE TRABAJAN POR LA PAZ, PORQUE SERÁN LLAMADOS HIJOS DE DIOS!
Hermanos, esta es una hora en que Dios quiere muchos hijos suyos trabajando, no
por la violencia, sino por la paz; haciendo que la paz no sea simplemente
apariencia, sino que sea obra de la justicia y del amor.
Y finalmente ¡DICHOSOS LOS PERSEGUIDOS POR CAUSA DE LA JUSTICIA, PORQUE DE ELLOS
ES EL REINO DE LOS CIELOS! Sin duda que San Mateo ya sentía la murmuración, la
crítica, la persecución del mismo pueblo judío a los cristianos. Persecuciones
que han de ser la herencia de la Iglesia a través de los siglos. Pero, entonces,
es la hora de poder decir que son bienaventurados los que sufren esta
persecución.
(...)Yo quisiera, hermanos, que esta lectura de San Pablo hoy, nos convenciera
de que no tenemos nada que esperar si tenemos a Cristo como fundamento de
nuestra construcción de Iglesia. Que no estamos esperando otras circunstancias.
Si viene, como nos dijo el Sr. Todman, será para bien de este pueblo, pero
mientras tanto, la Iglesia ya está haciendo el bien de presentar a Cristo y
decirle a todos los cristianos: Apóyense en esta roca, crean en esta verdad,
anhelen esta sabiduría, esta es la riqueza del corazón del que es pobre y
humilde y hace consistir su felicidad no en las cosas transitorias, que se
quedan con la muerte y se las lleva el tiempo, sino en lo consistente, que es la
sabiduría de Cristo, su justicia, su santificación, su redención.
¡Dichosos los pobres! porque saben que aquí está su riqueza, en Aquel que siendo
rico, se hizo pobre para enriquecemos con su pobreza, para enseñarnos la
verdadera sabiduría del cristiano.
Por eso les dije al principio, queridos hermanos, que esta página de las
Bienaventuranzas no la podemos comprender plenamente, y así se explica que haya
sobre todo jóvenes que crean que no es con el amor de las Bienaventuranzas que
se va a ser un mundo mejor, sino que optan por la violencia, por la guerrilla,
por la revolución. La Iglesia jamás hará suyo ese camino, que quede bien claro
una vez más, que la Iglesia no opta por esos caminos de violencia, que todo lo
que se diga en este sentido es calumnia. Que la opción de la Iglesia es esta
página de Cristo: LAS BIENAVENTURANZAS. No me extraña, digo, que no se
comprenda, porque sobre todo el joven es impaciente y quiere ya un mundo mejor,
pero Cristo, que hace veinte siglos predicó esta página, sabía que sembraba una
revolución moral de largo alcance, de largo plazo, en la medida en que los
hombres nos vayamos convirtiendo de los pensamientos mundanos.
Revolución quiere decir eso: sub-vertir un orden, sub-vertir el orden moral que
domina generalmente en el mundo. El mundo no dice: ¡Dichosos los pobres! El
mundo dice: ¡Dichosos los ricos!, porque tanto vales, cuanto tienes. Y Cristo
dice: Mentira, ¡Dichosos los pobres!, porque de ellos es el Reino de los Cielos,
porque no ponen su confianza en eso tan transitorio.
Y así, todas las Bienaventuranzas son una sub-versión de lo que el mundo cree
pero está puesta pues, la semilla de una transformación que no la contemplaremos
terminada hasta que sea ya realidad esa meta que Cristo señala abriéndonos a
horizontes infinitos, el Reino de los Cielos.
¡Bienaventurados los que caminan aunque les parezca que caminan a obscuras y que
este camino no lleva a ninguna parte!, sigamos por allí, es el de Cristo, y
llegaremos a esa meta que nos señala como esperanza y perspectiva la lectura de
hoy.
Vamos a proclamar, pues, nuestro Credo en estas verdades de Cristo.