
Tres veces salió
y volvió a entrar.
Temblando…, se tapó la cara y disparó.
Borracho, disparó.
Dos ráfagas lo separaban de la historia. Las disparó. Creyó que mataba la
historia. Y en el extremo de su máuser, una nueva etapa de esa historia
comenzaba.
Temblando, disparó dos ráfagas. Y el sargento tuvo terror. Disparó a un hombre
herido. Tambaleando, huyó. Y no se suicidó.
Arrojó el arma, y el horror no lo abandona todavía.
Los ojos del Che no se cerraron.
El sargento ignoto del ejército apátrida de Barrientos, cuando disparó, no se
dio cuenta que comenzaba a incendiarse la pradera.
Las llamas siguen bien altas. Las cenizas fecundarán la tierra donde transitará,
seguro, el hombre nuevo. Y no será jamás un sargento ignoto de ningún ejército
mercenario de la tierra.
La cara de espanto, del sargento, denunciaba al mundo que el crimen se había
consumado.
Y el mundo no le creyó. El mundo, tuvo razón…
No lo mató.
Las ráfagas del sargento, no asesinaron a la revolución. Las ráfagas del ignoto
sargento boliviano, señalaron al mundo por donde pasa la lucha por la
liberación. Marcaron un camino. Clavaron una bandera.
Entonces…, entonces temblaron muchos.
Temblaron los miserables sin conciencia.
Los explotadores. Los apropiadores de tierras y de hombres.
Los que hambrean. Los que persiguen. Los que amenazan. Los que encarcelan. Los
que secuestran. Los frailes que bendicen la explotación y la ignorancia. Los que
torturan. Los que matan la libertad y el pensamiento. Temblaron ante el posible
derrumbe del mundo, que ellos levantaron a su antojo.
Los ojos del Che siguen abiertos, todavía.
Y pueblos enteros lo miran de frente. Es su homenaje.
Lo miran con asombro. Con compromiso. Con amor de hermano y compañero. Que todo
eso es el Che que ellos creyeron que mataban.
El ignoto sargento de Barrientos, arrastra su temblor. Consume su vida con
vergüenza. Oculto, ignorante e ignorado.
Muchos pueblos, muchos hombres, muchos jóvenes, sin quererlo, lloraron aquel
día.
Lloraron sin creerlo. Sin desearlo. Sin consuelo. Lloramos todos, aquel día.
Triste fue la noticia. En Buenos Aires, era primavera. En los corazones el frío,
por algunas horas, nos estaba quitando la tibia ternura de la vida.
Pero los ojos, aquellos ojos, estaban vivos.
¡Cómo íbamos a derrumbarnos, si todavía teníamos que transformar el mundo!
Allá, en La Higuera, había un miserable temblando. Y un hombre libre señalando
la salida.
En la Bolivia de mineros rudos y mujeres solidarias. Mujeres que acercaron, con
miedo religioso, un jarro de agua y una rama de jazmines pobres de fragancia.
Sin ritos. Sin oleos. Sin cirios. Sin rezos. Quedaba un compromiso. Y un manojo
de ilusiones escarchadas.
Allí no había muerto que honrar. Había una nueva y gran historia, para que nadie
jamás la olvide. .. Y un compromiso, nos queda por cumplir.
Que nadie se haga el distraído. Nos queda por cumplir.
Ese camino fue emprendido en muchos lugares del mundo con diversos resultados,
pero ninguna derrota, por dura que haya sido, pudo demostrar, todavía, que era
inválido o desechable. Podrá ser difícil, pero, durante cuarenta años, los
pueblos, en todos lados, no han tenido nada fácil. Ni mejor vida. Ni mejor
muerte. Ni más alto ejemplo.
Los ojos del Che siguen tan abiertos como abiertos continúan estando, los
estrechos senderos de la vida en libertad. En la liberación de los explotados,
en la construcción de la vida, modesta pero digna, nada resulta del todo fácil
ni gratuito. Pero tampoco nada es imposible. Y la utopía, no alcanza para tanto.
Puede ser que la hora de la liberación esté cercana y otros la piensen
inalcanzable. Todo depende qué es lo que se quiere conservar y cuánto estamos
dispuestos a perder.
La revolución no tiene nombre propio, tampoco caminos desbrozados. La voluntad,
la organización, los principios y la modestia puede que estén todos juntos en la
oportunidad del comienzo. Sin dejar de recordar que la suerte no existe. Aquí la
suerte se llama organización, voluntad, respeto, y sobre todas las cosas
solidaridad, ideología y método. Es casi lo único necesario para triunfar sobre
un miserable e ignoto sargento del ejército apátrida de todos los barrientos y
batistas de la tierra.
En la defensa de los hombres y mujeres que sólo tienen sus brazos para ganar su
pan y el de sus hijos, ningún camino será liberado graciosamente. Para demostrar
que la ignorancia es la mejor aliada de la fuerza y que los mejores siervos
sirven, por temor, a los peores explotadores, no se necesita asomarse mucho mas
allá que a los propios caminos de nuestro desbastado país.
Los trabajadores del mundo: hombres y mujeres. Los jóvenes todos, tendrán que
elegir entre el hambre de sus hijos, las guerras de los poderosos o los caminos
del mundo para recorrerlos con la seguridad de que la explotación se extingue,
la razón renace, el hombre se recrea y la conciencia se robustece en las luchas
liberadoras de todos. En todos los lugares. Y en todos los rincones, no hay
verdad mas comprobada.
Si no lo hacemos por nosotros, al menos tengamos la responsabilidad de hacerlo
por nuestros hijos.
La revolución que soñó el Comandante Ernesto Guevara en su sueño inconcluso de
Bolivia, no la puede matar ningún sargento ignoto y miserable, por más que se
tape la cara con sus manos. No podrá cegar al sol con un balazo. Todos los
hombres del mundo deben comprender y recoger el mensaje de los ojos del Che, en
la humilde escuela de La Higuera.
No lo dejemos solo, esperando en las noches sin estrellas, la guerra y la
tortura.
Y los argentinos, hoy más que nunca, no olvidemos que a los 30.000 desaparecidos
de la dictadura, todavía le debemos la justicia y al compañero López, que aún no
podemos dejar de llamarle desaparecido, le debemos su vida. Por la liberación
del mundo sometido, los ojos abiertos del Che nos miran y nos demandan, cada
día.
No lo matemos nosotros.
No lo dejemos esperando.
No lo dejemos solo.