|
La diplomacia de la represión
Una serie de documentos de Naciones Unidas, a
los que accedió Zona, muestran la complicidad civil con la última
dictadura militar y cómo las denuncias por violación a los derechos
humanos se silenciaron a lo largo de casi siete años.
DAMIAN NABOT
Durante años esperaron su tiempo en un rincón olvidado
del Centro de Informaciones de las Naciones Unidas. Guardaron en
silencio ecos de negociaciones, denuncias, acuerdos y derrotas. Son
documentos que transcriben las estrategias secretas desplegadas por la
diplomacia de la última dictadura militar en el interior de las Naciones
Unidas para ahogar las críticas internacionales contra las torturas y la
desaparición de personas. Su contenido arroja luz sobre la participación
civil en el régimen militar, y dibuja el mapa de las naciones que
toleraron o denunciaron las violaciones a los derechos humanos en la
Argentina. De acuerdo a esos documentos, a los que accedió Zona, las
denuncias por violaciones a los derechos humanos comenzaron a llegar a
las Naciones Unidas en 1976, a pocos meses del golpe militar. El Alto
Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) fue uno
de los primeros organismos en manifestar su preocupación tras el golpe,
ya que debía velar por la seguridad de unos 16 mil latinoamericanos que
se habían refugiado en la Argentina para escapar de las dictaduras de
sus propios países. Paralelamente, la Subcomisión de Prevención de
Discriminaciones y Protección de las Minorías, de las Naciones Unidas
comenzó a recibir informes sobre desaparecidos y torturas. En agosto de
1976 la presión de los exiliados y de países como Francia y Austria
obligó a la Subcomisión a pedir un cuadro de situación sobre las
violaciones a los derechos humanos en las dictaduras del Cono Sur.Por
disposición de las Naciones Unidas, los organismos que lo redactaron,
como Amnesty International o la Asociación Internacional de Abogados,
debieron evitar cualquier mención directa a los países involucrados.
Pero dado el fuerte rechazo que tuvo el informe en la diplomacia
argentina, era evidente que aludía, en gran parte, a la dictadura de la
Junta Militar. Cuando todavía faltaban siete años para la publicación
del Nunca Más, el trabajo entregado a la ONU ya advertía sobre fuerzas
paramilitares que operan en secreto y cometen la mayor parte de los
actos de tortura y malos tratos a los detenidos. Algunas de las fuerzas
de seguridad disponen, según se dice, de una extensa red de operaciones
que rebasa las fronteras de los Estados, agregaba. Y en un apartado
sobre los métodos de tortura mencionaba el submarino, que consiste en
sumergir en agua la cabeza cubierta con una capucha o las descargas
eléctricas en las zonas más sensibles del cuerpo. Como respuesta,
Gabriel Martínez, embajador argentino en la ONU, expresó su preocupación
por las organizaciones no gubernamentales que, desaprensivamente, vienen
prestando su nombre para una sistemática campaña de hostigamiento al
pueblo y al gobierno argentinos. Una actitud similar adoptó Carlos Ortiz
de Rozas, quien en 1977 exigió a sus pares diplomáticos de Nueva York
prudencia en el tratamiento de las denuncias por violaciones a los
derechos humanos y advirtió que la Comisión no debe ser un órgano en el
que ciertos grupos utilicen su influencia, directa o indirecta sino
simplemente un lugar donde los países pueden realizar consultas y
negociaciones. Ortiz de Rozas se retiró del servicio exterior tras ser
embajador del gobierno de Carlos Menem en los Estados Unidos.Los
documentos revelan que 1976 fue el año más difícil para la diplomacia
local. Desde fines de 1977, en cambio, Martínez y sus colaboradores
lograron poner un cerrojo a las denuncias que llegaban a la ONU,
especialmente gracias a las alianzas con los países de la órbita
soviética o integrantes del Grupo de No Alineados.Por el contrario, en
1976 el ímpetu de la embajadora francesa, Nicole Questiaux, una
verdadera pesadilla para los militares, consiguió llevar a la
Subcomisión de la ONU la palabra de Rodolfo Mattarollo, abogado de la
Comisión Internacional de Juristas. Mattarollo denunció que el gobierno
militar había dado luz verde a la ley de fugas, una orden secreta que
significaba la eliminación física de todos los presos
políticos.Questiaux intentó ampliar la presión internacional contra el
gobierno de Videla y llevar las denuncias fuera de la Subcomisión. La
diplomacia argentina desplegó un contraataque en todos los frentes.
Mientras negociaba con los representantes soviéticos e iraquíes que
participaban en la Subcomisión, el gobierno envió una carta al
secretario general de las Naciones Unidas donde acusaba a Mattarollo de
terrorista. En agosto de 1977, la presión de Francia, las
manifestaciones de los exiliados en Ginebra y las denuncias de Amnesty
International hicieron que el enfrentamiento internacional estallara en
la privacidad de la ONU.El 24 de agosto, en Ginebra, el representante
italiano, Antonio Cassese, advirtió que en la Argentina las autoridades
parecen admitir la existencia de dos mil a diez mil presos políticos,
pero Amnesty tiene pruebas de que en los últimos dos años y medio han
desaparecido o han sido secuestradas en la Argentina unas 15 mil
personas. Martínez, que participaba como observador de la Argentina
calificó al informe de Amnesty de engañoso, dijo que los miembros de la
Comisión Argentina de Derechos Humanos eran criminales y terroristas y
sugirió que la representante francesa estaba influida por
consideraciones políticas.Temperamental, Questiaux respondió que lo
escuchado sólo podía aceptarlo como un malentendido. Cassese tuvo la
astucia de subrayar que sorprendentemente Martínez no había refutado las
cifras ni los datos aportados por los organismos. El representante belga
consideró que Martínez se había excedido, y el británico pidió que
presente excusas o se retire de la sala. La sesión se levantó en forma
intempestiva.Dos días después, los votos de Francia, Italia, Bélgica, el
Reino Unido y Austria alcanzaron para aprobar una declaración de la
Subcomisión donde expresaba su preocupación por la situación en la
Argentina. Los países No Alineados y latinoamericanos se abstuvieron o
votaron en contra. Como si las acusaciones estuvieran dirigidas hacia
otro país, el informe enviado desde Buenos Aires transcribía los
artículos del Código Penal referidos a los delitos denunciados por los
organismos de derechos humanos, y aseguraba que en el país los presos
contaban con un plan para mejorar su educación e instrucción.En todo
establecimiento penitenciario funciona una biblioteca para los internos,
cuyo material de lectura, debidamente seleccionado, tiene en cuenta las
necesidades profesionales de sus alojados, decía el informe de la
diplomacia de la dictadura. Francia intentó al año siguiente un nuevo
pronunciamiento. Intentó que las Naciones Unidas entregaran al gobierno
argentino la lista de desaparecidos distribuida por Amnesty y exigiera
una respuesta caso por caso. Pero la composición de la Subcomisión había
cambiado. Los votos a favor de Francia, Gran Bretaña y Austria fueron
insuficientes. En contra de la propuesta aparecía media docena de países
No Alineados como Colombia o India. La estrategia de alianzas y promesas
desplegada por Martínez y Mario Amadeo había tenido éxito. Madame
Questiaux tuvo, al menos, una satisfacción personal. El 13 de setiembre
de 1978 un artículo de Le Monde escrito por Isabelle Vichniac hizo
públicas las denuncias contra la Argentina conocidas en el interior de
la Subcomisión. La diplomacia argentina, y aliados coyunturales como
Jordania o la URSS, protestaron airadamente contra la filtración, pero
la noticia dio la vuelta al mundo. En 1979 la Argentina tenía los
aliados necesarios para mantener las críticas sólo en el seno de la
Subcomisión y consiguió un lugar en la estratégica Comisión de Derechos
Humanos. Pero los enfrentamientos continuaron. En agosto, Martínez debió
soportar una nueva embestida, encabezada por Questiaux y Benjamin
Whitaker, del Reino Unido. En medio del debate sobre los desaparecidos,
el inglés pidió, indirectamente, la dimisión de la Junta Militar: Un
régimen que es incapaz de mantener la ley y el orden deberá dimitir y
dejar el lugar a un gobierno que pueda proteger los derechos de los
ciudadanos de su país. Las críticas habían sumado al representante de
Túnez, Abdelwahab Bouhiba, quien en respuesta a la falta de información
sobre los desaparecidos recordó que un Estado que se declara
desconocedor de la suerte de sus propios ciudadanos adopta una actitud
suicida. Paralelamente, se debatía crear una convención que recolectara
las denuncias sobre torturas. Durante una hora, Martínez soportó
imperturbable las acusaciones. Poco antes de tomar la palabra, su par
mexicano, Antonio Báez, propuso enviar a la Argentina un representante
de la Subcomisión para estudiar la cuestión de las personas
desaparecidas. El embajador argentino se preparó, una vez más, para
defender lo imposible con los argumentos conocidos: los verdaderos
causantes del período de sombras que cubrió a la Argentina habían sido
las organizaciones terroristas. El presidente de la Argentina (por
Videla) declaró que las condiciones normales fueron restauradas y ellas
comprenden el funcionamiento habitual del sistema judicial, agregó el
diplomático. Y concluyó: Hay un mejoramiento sustancial de la situación
en la Argentina y el número de las personas desaparecidas está
actualmente casi llegando a cero. Después pidió que las listas de
desaparecidos se entregaran a las autoridades de las Naciones Unidas
para que el gobierno argentino pudiera remitir una respuesta oficial. La
discusión continuó a la mañana siguiente. La Argentina estaba
representada por Martínez y Amadeo, quien condenó la desaparición de
personas pero aclaró que los Estados no son los únicos responsables.
Amnesty International tenía preparada una sorpresa. Presentó a Estrella
Iglesias, una española de 31 años que había sido secuestrada en Buenos
Aires por doce hombres de civil, encarcelada durante un año y deportada
luego a Madrid. Después se invitó a los diplomáticos a dialogar con la
sobreviviente sobre su experiencia en la Argentina. Martínez reaccionó
con molestia: Los representantes de las organizaciones no
gubernamentales deberían respetar los procedimientos. Aun así y pese a
las imputaciones, los diplomáticos argentinos y sus aliados triunfaron
una vez más y lograron postergar la votación. Así, las denuncias por
violaciones a los derechos humanos en la Argentina, que habían llegado
tempranamente a las Naciones Unidas, permanecieron ahogadas durante
siete años gracias a los embajadores de la dictadura, que tendieron
sobre ellas un pulcro, prolijo manto diplomático, tejido entre las
sombras de las alianzas, el secreto y el silencio. |