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La condena a reclusión perpetua para Christian Von Wernich fue recibida con satisfacción por las Madres de Plaza de Mayo. |
Partícipe necesario en la privación ilegal de la libertad agravada de 34 personas y coautor de la aplicación de tormentos agravados de 31. Coautor de la privación de la libertad agravada y del homicidio triplemente calificado de siete personas. Por esos hechos, “delitos de lesa humanidad cometidos en el marco del genocidio que tuvo lugar en la Argentina entre 1976 y 1983”, fue condenado ayer a reclusión perpetua el ex capellán de la policía bonaerense Christian Federico Von Wernich. Fue la primera sentencia contra un miembro de la Iglesia por violaciones a los derechos humanos durante la última dictadura. Fue recibida con aplausos, llantos, lágrimas y abrazos dentro de la sala de audiencias. El Episcopado se limitó a reiterar un viejo pronunciamiento en el que se señalaba que si miembros de la Iglesia participaron de la represión, lo hicieron bajo su responsabilidad personal.
La jornada empezó temprano, con los
alegatos de los defensores del cura, Juan Martín Cerolini y Marcelo
Peña, que pidieron la absolución de Von Wernich. Después fue el turno
del propio acusado. El ex capellán de Ramón Camps habló de “paz”,
“reconciliación” y acusó de mentir a los testigos que describieron cómo
entraba y salía de los centros clandestinos de detención de la provincia
de Buenos Aires. Sus “últimas palabras” fueron pocas, pero se preocupó
de mencionar al arzobispo de Buenos Aires, Jorge Bergoglio.
La audiencia se reanudó después de una pausa de cuatro horas, que
incluyó el desalojo del edificio debido a que un llamado al 911 denunció
que había un artefacto explosivo en el lugar. Nadie dio mucho crédito al
asunto, pero igual trajo sus molestias. Las Madres de Plaza de Mayo
tuvieron que bajar la escalera y esperar un rato bajo la lluvia. La
movida duró poco más de una hora. En ese lapso, los movileros se
preguntaban dónde estaba el cura, que al parecer era el único que había
quedado dentro del edificio cuando la brigada antiexplosivos lo
revisaba.
Von Wernich volvió a entrar a la sala a las 19.30, detrás de seis
miembros del servicio penitenciario. Uno de ellos le sacó las esposas y
el hombre se sentó tras el vidrio blindado especialmente preparado para
este proceso. Como en todas las (pocas) oportunidades que se hizo
presente en el recinto, llevaba un chaleco antibalas y el cuello que lo
identifica como sacerdote. Un crucifijo, detrás de los magistrados,
presidía la audiencia.
La lectura de la sentencia fue corta ya que los fundamentos del fallo de
los jueces Carlos Rozanski, Norberto Lorenzo y Horacio Isaurralde se
conocerán el próximo 1° de noviembre. Pero Von Wernich tuvo que escuchar
los nombres de todas sus víctimas. Mientras Rozanski leía los hechos por
los que estaba siendo condenado, el ex capellán bajo la mirada. Y cuando
el juez mencionó la palabra “genocidio” fue interrumpido por los
aplausos del público. Habían ido a presenciar el veredicto, entre otros,
el secretario de Derechos Humanos de la Nación, Eduardo Luis Duhalde, su
par de la provincia, Edgardo Binstock, los ex diputados Patricia Walsh y
Luis Zamora y la candidata presidencial del MST, Vilma Ripoll.
El cura fue sacado de la sala bajo un escudo de los penitenciarios,
aunque no fue necesario protegerlo de ningún objeto lanzado en su
contra. El público festejó a los gritos. “Ahora, ahora resulta
indispensable aparición con vida y castigo a los culpables”, se
escuchaba mientras algunos se paraban en las sillas y levantaban
pañuelos blancos con la cara de Jorge Julio López, el testigo que
desapareció después de declarar contra el represor Miguel Etchecolatz.
Estela de la Cuadra abrazaba a su madre, Licha. Las dos lloraban. “Estoy
tranquila, satisfecha. Que esta rata esté presa no me devuelve a mi
familia. Pero se lo debíamos a ellos. Y a mis hijos, a mi nieta que está
acá afuera y tiene nueve meses. Ahora vamos a encontrar a Ana”, le dijo
a Página/12. Ana Libertad Baratti es su sobrina, la hija de su hermana
Elena y de Héctor Baratti. Los tres siguen desaparecidos. Durante el
juicio, el testigo Luis Velasco contó que luego de un “sermón” que el
cura dio a los secuestrados en la Comisaría Quinta para que se
“arrepintieran”, Baratti preguntó qué culpas debía pagar su hija, que
acababa de nacer en cautiverio. “Los hijos pagan las culpas de los
padres”, le contestó el sacerdote.
Los abogados de las querellas se retiraron satisfechos. “Es un día de
Justicia. Era lo que esperábamos. Es el fruto del esfuerzo de las Madres
y de las Abuelas”, dijo Alejo Ramos Padilla, representante de Héctor y
Javier Timerman. El secuestro del periodista Jacobo Timerman es uno de
los hechos por los que fue condenado el cura. Myriam Bregman, abogada de
Justicia Ya! también se mostró conforme, a pesar de que en su alegato
había solicitado que se condenara al represor por el delito de genocidio
y no por delitos cometidos “en el marco de un genocidio”. Bregman
destacó que el tribunal calificó al cura como “coautor” de torturas y
secuestros y que incluyó en el fallo el asesinato de María del Carmen
Morettini, que la fiscalía había desestimado por considerar que no se
habían reunidos las pruebas suficientes para acusar al cura por este
caso. “Es la condena que habíamos pedido sin perjuicio de la salvedad
que hicimos que era muy circunstancial. si Von Wernich está preso es
porque la unidad fiscal que represento lo fue a buscar”, dijo por su
parte el fiscal Carlos Dulau Dumm.
“Yo sé muy bien lo que hice, por qué lo hice y con quiénes lo hice.
Nadie me va a prohibir dar misa ni perderé ninguna de mis atribuciones.
Cuando sea el momento la Justicia decidirá, y si la humana se equivoca
conmigo, la divina acertará”, dijo en 1984 Von Wernich en una entrevista
publicada por Siete Días que el martes recordó este diario. En algo no
se equivocó el sacerdote. Aún hoy, preso en el penal de Marcos Paz y
condenado por secuestros, torturas y asesinatos, delitos de lesa
humanidad cometidos en el marco de un genocidio, nadie le prohibió a Von
Wernich dar misa.
Fuente: Diario Página12
SUBNOTAS
Sus abogados ya llevaban
un rato sentados cuando el presidente del Tribunal Oral Federal
número 1 de La Plata pidió que “hagan pasar al imputado”.
Inmediatamente, cuatro policías entraron y se pararon junto a la
pared, detrás de Juan Martín Cerolini y Marcelo Peña. Un quinto
oficial se detuvo unos segundos para quitarle las esposas al ex
capellán de la Policía Bonaerense Christian von Wernich, que se
sentó, sacó sus anteojos para leer y su lapicera. Pasadas las
once de ayer, comenzaron los alegatos de la defensa en los que
se pidió la “absolución” del primer sacerdote condenado por
violaciones a los derechos humanos cometidos durante la última
dictadura militar. No faltó, entre otros argumentos, una visión
de la teoría de los dos demonios, críticas a la “parcial”
imprescriptibilidad de los delitos de lesa humanidad y la
descalificación de las pruebas y testimonios aportados por la
fiscalía y la querella. Después le tocó un breve derecho a
réplica a los representantes de la querella.
Los pañuelos blancos de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo que se
mezclaban con los que pedían la aparición con vida de Julio
López promediaban la mitad de la sala de audiencias. Escucharon
en silencio –previa advertencia de desalojar la sala por parte
del juez Carlos Rozanski– el preámbulo del alegato de Cerolini.
Su discurso, redactado y sin numerar era mirado de reojo, sin
leer.
“Ya está todo listo, ya está todo preparado antes de empezar”,
acusó el abogado por el “tan poco tiempo” que separaría a los
alegatos de la lectura del veredicto. Además, apuntó contra la
política de derechos humanos del gobierno nacional “dirigida sin
ningún tipo de duda, tampoco ningún tipo de fundamento más que
el ideológico, a distinguir aquellas personas que han sido
víctimas y murieron realmente injustificadamente por la
represión del aparato estatal, de las que murieron por ataques
de la otra parte”. Pese a esas quejas, Cerolini confesó que
aceptó la “difícil tarea”, “por el señor Von Wernich, por su
familia, por nosotros mismos y por nuestra familia”.
Antes de comenzar con la “defensa de fondo”, el representante de
Von Wernich sentenció que la historia “sirve para recordar que
no hay que maquillar el pasado para que las sucesivas
generaciones comprendan el presente. Porque esto, como bien
sabían los nazis, no es historia, esto es propaganda”.
A diferencia de la actitud de la defensa del represor Miguel
Etchecolatz –condenado por este mismo tribunal el año pasado–
Cerolini empezó su alegato con una concesión: “reconocemos la
existencia de detenidos desaparecidos, la existencia de
vejámenes y torturas. No porque lo creamos nosotros, sino porque
hay una sentencia que así lo declara”. Sostuvo, en cambio, que
esas situaciones escapaban a la voluntad del ex capellán. “¿Qué
participación o qué injerencia tuvo el señor Von Wernich en todo
eso que ya está probado?”, “¿Qué factibilidad tenía de resolver
aquellos abusos?”, preguntó.
No tomaron en cuenta la actitud del religioso relatada en
numerosos testimonios ni las afirmaciones del filósofo, teólogo
y ex cura Rubén Dri, que había asegurado que de no conseguir
respuesta de su superior debía renunciar inmediatamente porque
no era posible ejercer una tarea pastoral “donde se violan todos
los derechos cristianos”. Ese fue, precisamente, otros de los
intentos de la defensa: “El capellán policial no es un
funcionario público y tiene posibilidad absoluta de ingresar a
las comisarías, los guardias no tienen facultad de control
porque su misión es docente, sacramental y pastoral”.
Cuestionaron, además, la veracidad y la validez de las
declaraciones más importantes como la del oficial Julio Emmed,
que había vinculado al sacerdote con el asesinato de un grupo de
detenidos a los que se les había prometido salir del país.
“Son más las dudas que han quedado planteadas que las certezas”,
opinó uno de los abogados. El Tribunal no hizo lo mismo.
Informe: Sebastián Abrevaya.
“El Señor no nos dijo ‘ustedes pueden matar o no matar’. Pero debemos
estar dispuestos a morir.”
Carlos Mugica, circa 1972
“Esta lucha es una lucha por la República Argentina, por su integridad,
pero también por sus altares (...). Por ello, pido la protección divina
en esta guerra sucia en la que estamos empeñados.”
Victorio Bonamín, vicario castrense, octubre de 1976
Un acusado fue condenado, con sobradas pruebas, previo cumplimiento del
debido proceso legal. Ninguna institución se sienta en el proverbial
banquillo porque el derecho penal de Occidente, cimentado en la
presunción de inocencia, sólo admite procesar individuos. No se juzgó a
la Iglesia Católica. El ciudadano Christian Federico von Wernich no es
castigado por sus pecados (menos por su fe o sus valores) sino por sus
delitos.
Los efectos políticos sí que trascienden al reo. Es la tercera sentencia
ulterior a la nulidad de las leyes de obediencia debida y punto final.
Habrá más tras los trabajosos trámites que impone la preservación de las
garantías a los procesados.
Una consecuencia que se irá desplegando es el debate acerca de la
responsabilidad, jamás penal pero sí política y hasta moral, de la
cúpula de la Iglesia Católica. Casi de volea la comisión ejecutiva de la
Conferencia Episcopal Argentina (CEA) emitió un documento (ver página
5), sin duda redactado con antelación. La celeridad fue toda una
innovación, el contenido muy lavado y distante, una repetición. La
voluntad ostensible fue mitigar la repercusión mediática de un caso con
escasos antecedentes en el mundo. Estar presentes en los titulares y en
las primeras páginas en función de su pálida movida de ayer y no de su
silencio de décadas.
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El juez Carlos Rozanski le explicó a Von Wernich que su intervención
final no era para ejercitar su defensa (trámite ya cumplido) sino para
pronunciar algunas palabras. Con sutileza, le subrayó que el derecho
siempre le concede la última palabra al acusado. Un paradigma general
que cobra insólito vigor en el que caso de quien hizo de la palabra un
arma.
El ex sacerdote, con enorme presencia escénica, inquirió cuánto tiempo
tenía y eligió como género el sermón. Ni una palabra sobre el hombre
sometido a juicio, él mismo. Sí una reflexión sobre el sacramento de la
confesión, sobre la historia de la Iglesia, sobre el demonio que acecha
en los testigos que odian y (por ende) mienten. La reconciliación, esa
bandera que los represores (y sus corifeos) aluden como tapadera de su
impunidad, no podía faltar.
Al cronista siempre le impresiona que otro represor, Luis Patti, jamás
niega los hechos que se le imputan. Los resignifica, desde el ángulo
legal. A los militantes montoneros Pereira Rossi y Cambiasso no los
asesinó, los “mató en combate”. Cuando se le reprocha haber torturado se
vuelve leguleyo: la causa está prescripta, no hay testigos. En el caso
del policía puede imaginarse que algo hay de proselitismo; hay quien lo
vota por sus tropelías, no a pesar de ellas. Von Wernich, que no busca
votos pero sí otro tipo de adhesiones, hizo lo mismo. No dijo que era
inocente, no repasó los cargos, se amparó en los dos mil años de
historia de la Iglesia Católica pero jamás habló de una de sus ovejas
más negras, él mismo. Dos autoridades citó Von Wernich en su día ante el
tribunal. Un texto de San Juan, según los conocedores, el evangelista
favorito de Jesús. Y una frase del cardenal Jorge Bergoglio emitida en
misa de siete el fin de semana pasado.
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La frase de Carlos Mugica citada como epígrafe alude a una de sus
obsesiones. Siempre decía que estaba dispuesto a morir por sus ideas
pero no a matar por ellas. Tamaña opción lo diferenciaba de muchos de
sus compañeros, seguramente a ellos les predicaba. Su testimonio
contrasta con el de muchos otros sacerdotes y obispos que sí apañaron el
crimen, la tortura y la desaparición. Uno al menos, quedó probado, hasta
cometió esos delitos.
En estos días memorables, vale recordar que los cristianos (laicos u
ordenados) estuvieron de los dos lados del terrorismo del Estado:
verdugos y víctimas. La obstinada opción de la jerarquía a partir de
1983 fue obstruir toda forma de investigación o juicio. Muy por debajo
del compromiso de sus pares chilenos o brasileños, casi todos los
purpurados se consagraron a legitimar y engrosar el discurso de la
impunidad. Ningún abogado defensor de los genocidas fue tan persuasivo,
tuvo tanta acogida social como la jerarquía.
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El múltiple homicida portaba un chaleco antibalas que jamás precisó.
Nadie alzó la mano, menos un arma, contra él. La única insubordinación
del público fueron unos vítores y aplausos en ciertos tramos del
decisorio. El presidente del tribunal pidió calma, para cumplir con las
formalidades y hasta eso se honró. La dignidad de las víctimas y los
militantes de derechos humanos, un clásico en 24 años de democracia,
pasó por La Plata.
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Larga y aciaga es la crónica de los sacerdotes que integraron las
fuerzas de seguridad. Vicarios y capellanes castrenses o de la policía
fueron, en lo político, primero instigadores luego cómplices. Fue usual
que integraran la vanguardia de los genocidas y los cubrieran con relato
ideológico-religioso. Fueron punta de lanza en el conflicto con el
Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo (MSTM), con mucha antelación a
la dictadura.
Desde 1976, todo se radicalizó, contexto en que brota la cita de Bonamín
recordada al comenzar esta columna.
La supervivencia de esos cargos, sufragados por el Estado nacional con
nula transparencia e información, es una rémora (reavivada por el caso
Baseotto) que la coyuntura habilita para desmontar. La necesaria
polémica acerca de las complicidades debería potenciar una modernización
de las relaciones entre Iglesia Católica y Estado, muy anacrónica, plena
de privilegios no republicanos.
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Por razones de horario, el tribunal sólo leyó la parte resolutiva de su
sentencia. Los fundamentos (“considerandos”, en jerga) se difundirán el
primero de noviembre. Hasta entonces no se sabrá en detalle cuál es el
alcance de la expresión “delitos de lesa humanidad cometidos en el marco
del genocidio” que leyó Rozanski. Las querellas habían pedido que se
consagrara el delito de genocidio, no incluido en la legislación escrita
argentina. Ningún fallo local lo recogió hasta ahora. Es un punto
debatido entre juristas. Habrá que ver el hilo argumental de los
camaristas, la primera impresión es que se reconoce la existencia de un
genocidio pero se condena por los otros delitos comunes, cuya
enumeración ponía la piel de gallina.
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Fiel a un estilo poco democrático que no suele ser criticado por la
prensa, la CEA emitió un comunicado al que no le puso voz ni cuerpo. El
texto es breve hasta el laconismo. Da cuenta de un “dolor gravísimo”
pero relativa la existencia de los crímenes con el asombroso giro “según
la sentencia del Tribunal Federal Oral 1 de La Plata”. Una sentencia es
un acto institucional, no una opinión. Como tal, obliga a todos los
ciudadanos y a todas las organizaciones no gubernamentales. Von Wernich
no es múltiple asesino “según los jueces”, es un homicida a la luz de
las leyes argentinas. Llama la atención, proviniendo de quienes reclaman
enfáticamente más institucionalidad, que se relativice (casi se
ningunee) el valor de un acto de gobierno.
Dos omisiones restallan en el texto. La más grave: las víctimas brillan
por su ausencia. Ni una alusión a ellas. Es dable esperar que no se las
haya dado por nombradas en las alusiones que sí hay, al “odio y el
rencor”.
La segunda ausencia es la mención de las señas personales de Von Wernich,
así fueran su nombre y apellido.
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Habrá análisis jurídicos cuando se conozca el veredicto completo.
Seguirán las controversias sobre la figura del genocidio. El Ejecutivo
deberá ponerse las pilas y destrabar las designaciones de jueces que
tiene muy frenada por desmanejos internos. Para acelerar los juicios en
curso, la Corte Suprema deberá asumirse como cabeza del Poder Judicial,
burilando una ingeniería procesal que abrevie tiempos sin mengua de las
garantías a los acusados. También deberá ejercitar su poder de
superintendencia con magistrados que chicanean como si fueran abogados
de la defensa.
Con mucho para hacer y corregir, con internas y deudas pendientes, el
sistema democrático funcionó. Mucho le debe a la tenacidad, la
creatividad y la militancia de las organizaciones de derechos humanos
cuya lucha pacífica sigue siendo un ejemplo insuperado.
El acusado, un psicópata de libro en su sermón de diez minutos, no
manifestó arrepentimiento, ni siquiera introspección. La institución que
todavía lo contiene en sus filas, tampoco.
En su alocución frente al tribunal, antes de
conocer su condena, Von Wernich abundó en referencias bíblicas,
habló de testigos falsos y se ocupó de citar palabras de Bergoglio.
“Como siempre en el derecho argentino, la última palabra la tiene el
acusado”, anunció el presidente del Tribunal Oral Federal, Carlos
Rozanski. Fue el prólogo a las “reflexiones sobre temas bíblicos”
que decidió hacer Christian von Wernich, antes de enterarse que
había sido condenado a reclusión perpetua. En un discurso de cinco
minutos, con un tono algo desafiante, comparó su situación con la de
Jesucristo, habló de corazones preñados de malicia, de testigos
falsos y citó una misa pronunciada por el cardenal Jorge Bergoglio.
“Cuando vine aquí la primera vez, me parece que cambiaron el
crucifijo, era más chiquito, me parece que pusieron uno más grande.
Pero mirando al crucifijo, ahí está Cristo...”. Von Wernich recordó
versículos bíblicos hasta que lo interrumpió el juez Rozanski. Un
grupo de personas había empezado a levantarse para dejar hablando
solo al ex capellán hasta que el magistrado advirtió: “Esto no es un
cine continuado donde se entra y se sale”. El que se fuera de la
sala no podría presenciar el veredicto.
Frío, el cura retomó su discurso aludiendo a palabras de Jesucristo.
“Hay algo muy importante que quita esa paz en el corazón del hombre,
es el pecado. Entonces Jesucristo le dice a los hombres, vayan y
perdonen los pecados... Le da a un hombre el poder, la potestad, y
la autoridad para perdonar pecados. Ese poder, esa potestad, esa
autoridad, a lo largo de toda la historia de la iglesia... lo
recibimos nosotros que somos los sacerdotes en algo que llamamos
sacramento de la confesión... Este es el punto clave. El hombre que
quiere reconciliarse con el hombre y con Dios necesita paz, si no
tiene paz va a obrar por un corazón herido... Tenemos paz, podemos
reconciliarnos. No tenemos paz, no nos vamos a reconciliar nunca.
Pero, ¿quién quita la paz?”
Ese fue el momento que eligió Von Wernich para repetir palabras del
Arzobispo de Buenos Aires: “El cardenal Bergoglio fue muy clarito,
el domingo en la misa de las siete, en el mensaje de Luján. El
domingo dijo fíjense lo que dice el salmo siete en el verso 15. Son
palabras de Dios.... Dice que el demonio, es un testigo falso porque
está en la mentira, no está en la verdad. Están preñados, preñados
de malicia, concibiendo la maldad y dando a luz a la mentira, estos
corazones son los que tenemos que tratar de erradicar en el hombre.
El sacramento de la confesión o de la reconciliación, le da la
oportunidad al hombre de hacerlo y a nosotros, los sacerdotes de la
iglesia, la potestad de administrarlo y compartirlo”, dijo.
“Sanar ese corazón herido y reconciliarlo con dios y con los
hombres, eso es lo que necesitamos... creer en la verdad, que María
nos enseñe a caminar por la verdad. Que el fin no justifica los
medios. Si queremos llegar a la verdad, hagámoslo con paz, con
reconciliación y en la verdad. Porque un corazón preñado de malicia
es un corazón que no entiende lo que Dios quiere y lo que el hombre
necesita: reconciliarse”. Esas fueron las últimas palabras de Von
Wernich antes de saberse condenado a la pena máxima. El público lo
miraba en silencio.
Informe: S. A.
Por Fortunato Mallimaci *
El sacerdote Von
Wernich al final habló. La Iglesia católica al final habló.
Confiado, seguro, soberbio, altanero, miró al tribunal, miró
a la cámara y pidió diez minutos. Miró también fijo al
crucifijo que presidía la sala (¿hasta cuándo será un salón
sacro un tribunal de Justicia?) y habló, explícito, en su
condición de sacerdote católico.
No era alguien que se preguntaba sobre su pasado o que ponía
en duda su accionar. Por el contrario, seguro de sí mismo,
reafirmaba con voz potente y manos que lo acompañaban, que
había hecho lo que tenía que hacer. Dios y la Iglesia se lo
habían pedido y ordenado. El cumplía.
Y para que no quedaran dudas de que hablaba un sacerdote, la
Iglesia Católica por su intermedio, utilizó todos los
símbolos católicos disponibles. Jesús, Cristo, la Biblia,
Dios, María, el Demonio, el pecado, la confesión, los
sacramentos y los 2000 años de historia de la Iglesia de la
cual él forma parte, nos dijo, nos recordó y nos amenazó, lo
estaban en ese momento acompañando.
En la sala, momentos antes habíamos escuchado los alegatos:
ayer de la querella y hoy de la defensa. Lo novedoso de este
juicio fue que la defensa de Von Wernich reconoció aquello
que hoy sectores de poder continúan negando: que hubo miles
de detenidos-desaparecidos, de torturados, de prisioneros,
de campos de reclusión y un plan de terror implementado
desde el Estado para eliminar a sus opositores. Es un gran
avance frente a los que niegan estos crímenes de lesa
humanidad. Pero a renglón seguido, era la lógica de su
defensa, intentaron minimizar su participación en los hechos
que se le imputaban, dado que se trataba de “un simple
capellán de la policía”. Von Wernich: ¡un perejil!
Por eso el reo Von Wernich insistió que su tarea había sido
la de confesar, la de brindar paz y trato a los detenidos...
Hay que ser hipócrita para mencionar la palabra paz cuando
la Policía Bonaerense, de la cual era el principal asesor,
colaborador y legitimador fue responsable durante la
dictadura de miles de detenidos-desaparecidos, torturados,
asesinados, encarcelados...
Pero estamos ante un confesor que no confiesa, que enmudece
cuando debe decirnos dónde están los cuerpos de los
detenidos-desaparecidos cuando era el asesor del coronel
Camps; dónde están los cuerpos de las madres asesinadas
luego de dar nacimiento a sus bebés; dónde están los bebés
nacidos en cautiverio; quiénes armaron con él los planes de
exterminio, colaboraron en torturar y asesinar... aquí la
Iglesia Católica, como lo viene haciendo desde 1976, vuelve
a callar, a no hablar, a seguir apostando al vínculo entre
militarización y catolización, entre Patria y Nación
católica, en preferir pactos corporativos a la búsqueda de
la justicia, ese nuevo nombre de la paz.
Y es importante recordar una vez más que la reconciliación,
la confesión, el pedir perdón en la larga tradición judeo-cristiana,
significa construir justicia, es decir, reconocer y hacer
memoria de los daños realizados, rehacer el tejido social
destruido por esa injusticia y hacer público el deseo de no
volver a realizarlo.
Por eso, aunque Von Vernich habló de la confesión no hubo en
él ningún gesto, palabra ni mirada de arrepentimiento. Más
aún, citando al cardenal Bergoglio, presidente de la
Conferencia Episcopal Argentina en su discurso del domingo
en el santuario de Luján, trató de descalificar a todos y
todas aquellos que lo habían acusado en el juicio con sus
mismas palabras “el demonio es el testigo falso”, esos
testigos que lo acusan a él, a la Iglesia Católica, a sus
2000 años de historia, “están preñados de malicia, de
mentira”. Y remarcar, para no dudar de su catolicidad, “que
María nos enseña el camino de la verdad”.
Sus palabras finales fueron recordar que en la larga
historia de la Iglesia, “nunca, ningún sacerdote violó el
sacramento de la confesión”. Triste y terrible ironía, el
sacerdote que se jacta de no violar un sacramento acepta que
se violen cuerpos, que se violen sueños, de creerse todo
omnipotente, de ser Dios para decidir sobre lo más absoluto
y sublime: el amor a la vida de un varón, de una mujer que
por ser luchadores sociales, amantes de la solidaridad y la
justicia, él, Von Wernich, la Iglesia, decidió que eran no
personas, no debían seguir viviendo, eran subversivos.
* Sociólogo de la religión UBA/Conicet.
Por Daniel Goldman*
En su presentación final, Von Wernich utilizó
el sistema de la definición de palabras a partir de sus opuestos.
Tonto, el supuesto sacerdote no parece. Más bien sádico, aunque no
sea contradictorio. Pero más allá de sus características personales
(si es que se puede), creo que resulta interesante jugar con ese
modo de pensamiento, tarea difícil si la hay. Elegir la palabra
correcta resulta un desafío inmenso, porque equivocarse con ella nos
remite a otro lugar, tan distante como la palabra misma.
Von Wernich definió la paz en oposición al pecado. A diferencia, me
permito, traer la reflexión del profesor Jacob Petuchowski cuando
cavilaba alrededor de la polivalente palabra hebrea “shalom”, que
generalmente se traduce como “paz”, pero que de modo filológico
debería vinculársela con “integridad”. De manera novedosa,
Petuchowski sostiene que lo opuesto al “shalom” no es la guerra,
como generalmente se entiende, sino el “exilio”. Exilio significa no
estar en el lugar en el cual debemos estar. Ni más ni menos. Un
trabajador cuando está desempleado está en el exilio, del mismo modo
que aquel que ha sido expulsado de su tierra, y de la misma manera
que un padre cuando no cumple con sus obligaciones para con sus
hijos. Pero utilizando el mismo mecanismo alrededor del “pecado”,
intuitivamente percibo que lo opuesto a esto último es la
“justicia”. Y vuelvo al “shalom”, porque la paz es una instancia
posterior y superadora y no opuesta a lo pecaminoso. Me cierra más
creer que alguien que ha sido secuestrado es reivindicado con
justicia. Alguien que ha sido torturado, es reivindicado con
justicia. Alguien que ha sido asesinado es reivindicado con
justicia. Evidentemente, después de estos pecados, jamás se puede
retornar al estado anterior. Simplemente se reivindica,
pero no se retorna, porque el retorno es imposible. Volviendo a Von
Wernich, éste deberá pagar con la imposición de la “justicia” y no
con la falacia de la supuesta “paz”. De eso trata el estado de
derecho, aunque este hombre no crea en ello. En este juego de
opuestos, ¿habrá estado en algún momento de exilio Von Wernich
cuando era cómplice de todos estos delitos? No lo creo, porque la
propia palabra “exilio” no alcanza para definir la inmensidad del
espanto del cual fue partícipe.
Pensando en otras categorías, considero que tampoco la
reconciliación sea el camino para arribar a la paz, como sostuvo Von
Wernich. Para llegar a esta última –según el Talmud– se necesitan
previamente la “verdad”, entendida como la lectura real de los
hechos y el “juicio”, como demanda valorativa para la vida en
libertad, siendo ambas instancias necesariamente esenciales para la
íntegra paz.
Finalmente, retornando al juego de los opuestos, quiero ser cauto
para definir el término “religioso”. Si bien me resulta difícil
definir esa palabra, pragmáticamente estoy convencido de que si ese
individuo es “religioso”, por oposición, no tengo dudas, gracias a
Dios, de que yo no lo soy.
* Rabino.
“La Iglesia en Argentina está conmovida por el
dolor que nos causa la participación de un sacerdote en delitos
gravísimos, según la sentencia del Tribunal Oral Federal Nº 1 de La
Plata”, comienza diciendo un breve comunicado de la Comisión
Ejecutiva del Episcopado que lleva la firma del titular del
organismo, el cardenal Jorge Mario Bergoglio y los tres restantes
miembros de ese cuerpo eclesiástico. El texto, de apenas veinte
líneas y que se conoció pocos minutos después de difundida la
sentencia condenatoria contra el sacerdote Christian von Wernich, se
ajusta a la línea argumental que ha venido sosteniendo la jerarquía
católica reconociendo el pecado personal de algunos de sus miembros
en las violaciones a los derechos humanos, pero dejando de lado toda
responsabilidad institucional. Contrariamente a las expectativas que
se habían generado, incluso por algunos trascendidos de fuentes
eclesiásticas, no se conocieron hasta el momento sanciones
eclesiásticas contra el sacerdote condenado, medida que en el caso
de concretarse tiene que ser adoptada por el obispo de 9 de Julio,
Martín de Elizalde, superior directo de Von Wernich.
Reiterando también el tono de pronunciamientos anteriores, los
obispos dicen que “creemos que los pasos que la Justicia da en el
esclarecimiento de estos hechos deben servir para renovar los
esfuerzos de todos los ciudadanos en el camino de la reconciliación
y son un llamado a alejarnos, tanto de la impunidad como del odio o
el rencor”. Repiten entonces parte de un comunicado difundido en
1995 en el que se afirmó que “si algún miembro de la Iglesia,
cualquiera fuera su condición, hubiera avalado con su recomendación
o complicidad alguno de esos hechos (la represión violenta), habría
actuado bajo su responsabilidad personal, errando o pecando
gravemente contra Dios, la humanidad y su conciencia”. Recuerdan
también el pedido público de perdón hecho en Córdoba el 8 de
septiembre del 2000, que poco satisfizo entonces a quienes
reclamaban una autocrítica de la jerarquía eclesiástica. Los obispos
cierran su brevísimo documento con una oración a Dios en bien de la
“reconciliación de todos los argentinos”.
De manera simultánea, al comunicado de los obispos la Iglesia
difundió también una declaración de la Comisión de Justicia y Paz,
un organismo integrado por laicos católicos, que depende también de
la Conferencia Episcopal y cuyo asesor es el obispo de San Isidro,
Jorge Casaretto. Allí se dice que “ante el fallo del tribunal que
juzgó al sacerdote Von Wernich, la Comisión Nacional de Justicia y
Paz quiere manifestar su dolor y su pesar por todas aquellas
acciones directas, en colaboración o complicidad, que algunos
integrantes de la Iglesia Católica pudieron llevar a cabo y que
posibilitaron el secuestro, la tortura y la desaparición de personas
durante la última dictadura militar”.
Colocándose un paso adelante de lo señalado por los obispos,
Justicia y Paz expresa “nuestra solidaridad con todas las víctimas
de ese período de nuestra historia, y esperamos que el accionar de
la Justicia pueda actuar como reparación y consuelo para los
sobrevivientes, sus familiares y los de los desaparecidos”. Y agrega
el organismo eclesial que “en nuestro compromiso con el presente y
de cara al futuro por afianzar un espacio de amistad y diálogo entre
los argentinos, que permita convertirnos ‘de habitantes en
ciudadanos’, queremos afirmar que la violencia, en cualquiera de sus
expresiones, no es cristiana ni evangélica, y mucho menos si no
respeta a los seres humanos y a sus derechos elementales”.
La Comisión de Justicia y Paz termina su comunicado haciendo también
una invocación a la reconciliación, aunque con algunos matices
respecto de lo afirmado por los obispos. “Que frente al imperativo
de que la Justicia busque la verdad sobre el pasado, el desafío de
proyectar una nación sin excluidos nos ayude a encontrar los caminos
de encuentro y reconciliación que hagan posible, en la justicia y en
la paz, la construcción de una patria de hermanos”, dice la comisión
presidida por el ingeniero Eduardo Serantes.
“Un precedente importante”
Norberto Lorenzo, uno de los integrantes del Tribunal Oral Federal 1
de La Plata, calificó la sentencia dictada a Christian von Wernich
como “un precedente importante” porque por primera vez “se juzga a
un integrante de la Iglesia Católica”. Lorenzo consideró que “a
nivel personal la Iglesia necesita hacer una autocrítica, en serio,
profunda, realista, frente a la sociedad sobre cómo actuaron durante
el Proceso militar”. El juez remarcó que, a diferencia del juicio al
represor Miguel Etchecolatz, “esta vez no hubo presiones” a testigos
o integrantes del Tribunal o la querella.
Finalmente destacó la labor del Tribunal, que llevó adelante un
juicio durante tres meses “con pocos medios, prácticamente no
tenemos computadoras”.
Fuente: Página12.com.ar