Breve historia de la idiotez ajena

Jorge Majfud
ALAI AMLATINA, 19/10/07, Georgia.- Esta semana el biólogo James Watson volvió a
insistir sobre la antigua teoría de la inferioridad intelectual de los negros.
Esta antigua teoría fue apoyada por un estudio en los ’90 de Charles Murray y
Herrnstein sobre “ethnic differences in cognitive ability” que mostraban
gráficas de coeficientes intelectuales claramente desfavorables a la raza negra.
Ahora Watson, de paso, ha propuesto la manipulación genética para curar la
estupidez, pero no menciona si es conveniente curar la estupidez antes de
realizar cualquier manipulación genética. También los nazis —y quizás Michael
Jackson— eran de la misma idea que Watson. Ni Hitler ni los nazis carecían de
inteligencia ni de una alta moral de criminales. Como recordó un personaje del
novelista Érico Veríssimo, “durante a era hitlerista os humanistas alemães
emigraram. Os tecnocratas ficaram com as mãos e as patas livres”.
Veamos dos breves aproximaciones al mismo problema, uno filológico y otro
biológico. Ambos ideológicos.
Por sus denuncias a la opresión de los indígenas americanos, Bartolomé de las
Casas fue acusado de enfermo mental y sus indios de idiotas que merecían la
esclavitud. Es cierto que sus crónicas y denuncias fueron aprovechadas para
acusar a un imperio en decadencia por parte de la maquinaria publicitaria de
otro imperio en ascenso, el británico. Pero esto es tema para otra reflexión.
El erudito español Marcelino Menéndez Pelayo en 1895 calificó a de las Casas de
“fanático intolerante” y a Brevísima Historia, de “monstruoso delirio”. Su más
célebre alumno y miembro de la Real Academia Española, Ramón Menéndez Pidal, fue
de la misma opinión. En su publicitado y extenso libro, El padre Las Casas
(1963) desarrolló la tesis de la enfermedad mental del sacerdote denunciante al
mismo tiempo que justificó la acción de los conquistadores, como la muerte de
tres mil indios en Cholula a manos de Hernán Cortés porque era una “matanza
necesaria a fin de desbaratar una peligrosísima conjura que para acabar con los
españoles tramaba Moctezuma”. Según Menéndez Pidal, Bartolomé de las Casas “era
una víctima inconsciente de su delirio incriminatorio, de su regla de
depravación inexceptuable”. Pero al regresar a España para denunciar las
supuestas injusticias contra los indios, “se encontró con la gravísima sorpresa
de que su opinión extrema sobre la evangelización del Nuevo Mundo tenía enfrente
otra opinión, extrema también, en defensa de la esclavitud y la encomienda.
Esa opinión estaba sostenida muy sabiamente por el Doctor Juan Ginés de
Sepúlveda [a través de] un opúsculo escrito en elegante latín y titulado
Democrates alter, sirve de justis belli causis apud Indos”. Una nota al pié
dice: “Publicado con una hermosa traducción, por Menéndez Pelayo en Boletín de
la Real Acad. De la Historia, XXI, 1891”. Ginés de Sepúlveda, basándose en la
Biblia (Proverbios), afirmaba que “la guerra justa es causa de justa esclavitud
[…] siendo este principio y concentrándose al caso del Nuevo Mundo, los indios
‘son inferiores a los españoles como los niños son a los adultos, las mujeres a
los hombres, los fieros y crueles a los clementísimos, […] y en fin casi diría
como los simios a los hombres’”. Con frecuencia, Pidal confunde su voz narrativa
con la de Sepúlveda. “Bien podemos creer que Dios ha dado clarísimos indicios
para el exterminio de estos bárbaros, y no faltan doctísimos teólogos que traen
a comparación los idólatras Cananeos y Amorreos, exterminados por el pueblo de
Israel”. Según Fray Domingo de Soto, teólogo imperial, “por la rudeza de sus
ingenios, gente servil y bárbara están obligados a servir a los de ingenio más
elegante”. Menéndez Pidal insistía en su tesis de la incapacidad mental de
quienes criticaban a los conquistadores, como “el indio Poma de Ayala, [que]
mira con maliciosos ojos a dominicos, agustinos y mercedarios, mientras advierte
que franciscanos, jesuitas y ermitaños hacen mucho bien y no toman limosna de
plata”. Según Pidal, esto se debía a que “a esos indios prehistóricos, venidos
de la edad neolítica, no era posible atraerlos con la Suma teológica de Santo
Tomás de Aquino, sino con las Florecillas Espirituales del Santo de Asís”.
En su intención de demostrar la enfermedad mental del denunciante, Pidal se
encuentra con indicios contrarios y resuelve, por su parte, una regla
psicológica que lo arregla todo: “el paranoico, cuando sale del tema de sus
delirios, es un hombre enteramente normal”. Luego: “Las Casas es un paranoico,
no un demente o loco en estado de inconsciencia. Su lucidez habitual hace que su
anormalidad sea caso difícil de establecer y graduar”. Que es como decir que era
tan inteligente que no podía razonar correctamente, o por su lucidez veía
ilusiones. Bartolomé de las Casas “vive tan ensimismado en un mundo imaginario,
que queda incapaz para percibir la realidad externa, que es la desbordante
energía desplegada por España en los descubrimientos geográficos”. Una confesión
significativa: “Las Casas hubiera sido, dada su extraordinaria actividad, un
excelente obispo en cualquier diócesis de España, pero su constitución mental le
impedía desempeñar rectamente un obispado en las Indias”. De aquí se deducen dos
posibilidades: (1) América tenía un efecto mágico-narcótico en algunas personas
o (2) los obispos de España eran paranoicos como de las Casas pero por ser
mayoría era tenido como algo normal.
Esta idea de atribuir deficiencias mentales en el adversario dialéctico, se
renueva y extiende en libros masivamente publicitados sobre América Latina, como
Manual del perfecto idiota latinoamericano (1996) y El regreso del idiota
(2007). Uno de los libros objetos de sus burlas, Para leer al pato Donald (1972)
de Ariel Dorfman y Armand Matterlart, parece contestar esta posición desde el
pasado. El discurso de las historietas infantiles de Disney consiste en que, “no
habiendo otorgado a los buenos salvajes el privilegio del futuro y del
conocimiento, todo saqueo no parece como tal, ya que extirpa lo que es
superfluo”. El despojo es doble, casi siempre coronado con un happy ending:
“Pobres nativos. Qué ingenuos son. Pero si ellos no usan su oro, es mejor
llevárselo. En otra parte servirá de algo”.
Sócrates o Galileo pudieron hacerse pasar por necios, pero ninguno de aquellos
necios que los condenaron pudieron fingir inteligencia. Eso en la teoría, porque
como decía Demócrates, “el que amonesta a un hombre que se cree inteligente
trabaja en vano”.
En Examen de ingenios para las ciencias (1575), el médico Juan Huarte compartía
la convicción científica de la época según la cual el cabello rubio —como el de
su rey, Felipe II— era producto de un vapor grueso que se levantaba por la
fuerza de la inteligencia. Sin embargo, afirmaba Huarte, no era el caso de los
alemanes e ingleses, porque su cabello rubio nace de la quema del mucho frío. La
belleza es signo de inteligencia, porque es el cuerpo su residencia. “Los padres
que quisieren gozar de hijos sabios y de gran habilidad para las letras, han de
procurar que nazcan varones”. La ciencia de la época sabía que para engendrar
varón se debía procurar que el semen saliera del testículo derecho y entrase en
el lado derecho del útero. Luego Huarte da fórmulas precisas para engendrar
hijos de buen entendimiento “que es el ingenio más ordinario en España”.
En la Grecia antigua, como dice Aristóteles, se daba por hecho que los pueblos
que vivían más al sur, como el egipcio, eran naturalmente más sabios e
ingeniosos que los bárbaros que habitaban en las regiones frías. Alguna vez los
rubios germánicos fueron considerados bárbaros, atrasados e incapaces de
civilización. Y fueron tratados como tales por los más avanzados imperios de
piel oscurecida por los soles del Sur. Lo que demuestra que la estupidez no es
propiedad de ninguna raza.
- Jorge Majfud, The University of Georgia.
Fuente: http://alainet.org